Pin It

Decadentes… Así somos

Dado que no soy un experto en pinches nada de la vida música, trato de no hablar tanto de ella, máxime porque cualquiera de mis compañeros de Revista Kuadro puede hacerlo más y mejor, pero esta vez me es imperativo contarles sobre cierto concierto al que fui, y que pues sí, fue la semana pasada, pero en mi defensa puedo decir que yo siempre necesito bastante más tiempo que la mayoría para acomodar en mi precario entendimiento los acontecimientos que me impresionan, y pues este concierto de verdad que lo hizo. No se vayan todavía, quizá tú lectora, lector, queridos podrán atinar alguna respuesta a este cúmulo de emociones que aún no terminan de quedarme claras. Es que ya ven cómo somos los rucos.

Porque sí, quizá debería comenzar diciendo que yo ya estoy bien pinche ruco, lo cual tiene puras desventajas, pero también la ventaja de haber ido ya a considerable cantidad de conciertos de una aún más considerable cantidad de bandas, y por ende, por lo menos en teoría, uno ya se la sabe poquis: a uno ya no se lo chamaquean tan fácil. Claro que nos oímos castrosísimos diciendo tonterías como: «pues en el 2002 traían un show más chingón», ó: «Yo los sigo desde 1998». Pues sí, insisto: pinches rucos que estamos, pero acá la situación es que en realidad vi cosas que ya había visto, escuché canciones que ya había escuchado, fui a una ciudad a la que ya había ido con selectísima gente con la que ya había reído, pero de algún modo, en esa invariabilidad, todo fue nuevo y distinto.

Y es que lo sorprendente para mí no fue ir a un concierto de ska, porque he ido a ellos desde mi lejanísima juventud, cuando era lo super in, y además, a mí me sigue gustando aunque ya no esté de moda y haya pasado de ser música de chavos locos, a ser música de tíos que ya no agarran la onda. Tampoco fue lo sorprendente el cartel, que claro que tenía a bandísimas como Salón Victoria, Maskatesta, o Los de Abajo pero ya las había visto antes, siempre bien chingonas. Tampoco fue el descubrir con delicia una banda tan fina como Ska Nation, o una tan poderosa como Puerquerama, porque en los festivales de ska, muchas veces con más bandas que asistentes, por pura probabilidad, te acabas topando con bandas bien chidas. Es más, ni siquiera me sorprendió Diego Demarco, porque sí me gustó su propuesta, pero pues me es difícil verlo sin todos los demás.

Tampoco me sorprendieron los pocos pero infaltables contras. Por ejemplo la mal llamada “seguridad” de éste—y de cualquier— evento porque no son más que una panda de impresentables de esos que apenas tienen un poco de “poder”, lo usan para jugar a los policiítas (sic), tratando a la gente de la peor manera. Tampoco sorprenden los imbéciles que no entienden muy bien a qué se va a un concierto, y acaban enfrascándose en peleas retrógradas que por lo menos se vieran como una Paquiao-Márquez, pero pues ni eso. Y es más, tampoco me sorprendió que a esos peleadorcitos de quinta los haya separado, aislado y expulsado el mismo público, y no con violencia, sino al unísono gritando: «Fuera», porque, aunque poco frecuente, ya me había tocado ver al ser humano, ser humano.

No. Lo que me sorprende es que, insisto, qué viejo estoy, qué ruco, y qué rucos están también ya los integrantes de las bandas que me gustan. Tanto, que nunca había visto tantísimos párvulos en un concierto, y menos aún, con tan grata sorpresa de que disfrutaran y cantaran las canciones de sus padres, en este caso ahí presentes con ellos, llenos de tantísimo entusiasmo. En esencia, eso no es bueno ni malo, pero es interesante. Quizá los países con poco crecimiento demográfico deberían venir a investigar a la generación del ska en su capacidad reproductiva, y por supuesto en su resistencia, porque para cuando salieron Los Auténticos Decadentes, no hubo una sola alma en paz, y se convirtió todo en un hervidero de voces y saltos, sin parar un solo momento, incluyendo por supuesto a esos del escenario, que no aparentaban más de 50, porque en realidad aparentaban 20. Sí, ancianos que somos, dice incluso mi hermano el más joven, pero unos ancianos que no paramos de bailar, de cantar y de llorar con los nuestros, y con el desconocido de al lado, al que abrazamos y sonreímos por el simple hecho de que somos como somos: decadentes, así somos. Y sí, me sorprende ver al Perro Serrano tan viejo, tan joven, tan todo lo que yo podría decir de él, y que sería escupir para arriba, voltearme el dedo, o hablarle al espejo.

La única vez que había escrito sobre música, fue acerca de cierto concierto (también sublime, inefable) de otros rucos, me refiero a Los Fabulosos. Sé que no me equivoqué de banda para volverlo a hacer, pero aún consciente de que a muchos les parecerá un sacrilegio, pues una disculpita, creo que después de 15 años de seguir a ambos me inclino por Los Decadentes. Mis razones son tan simples, tan tontas, pero tan honestas como las de cualquier ruco como yo, como ellos. Y es que quizá sólo ellos me han puesto un curita en esta enorme herida que es el saber que la vida se va rapidísimo, pero que sigo con el hacha afilada y media sonrisa clavada.  Quizá sólo ellos me entienden cuando digo que quiero ser un pendejo aunque me vuelva viejo (en argentino, pendejo es niño, porque en mexicano ya soy). Que quiero sentir que todo es nuevo de nuevo y quiero vivir 100 veces la vida, que corra siempre en mis venas la adrenalina. Que aunque corrió mil carreras, mi caballo no está tan cansado,  si quiere, va galopando. Que somos los piratas. Que yo no quiero trabajar, no quiero estudiar, no me quiero casar, quiero tocar la guitarra todo el día y que la gente se enamore de mi voz.

Lectora lector queridos: Ojalá que, como dicen Los Decadentes —que no son decadentes en lo absoluto—; que no se apague nunca, lo que yo, lo que tú, lo que llevamos adentro.

Aviso Legal

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>