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IMPLORO QUE SEA MI ÚLTIMO DÍA

“Me basta treparme al metro para encontrar en la mirada del usuario común
toda la podredumbre, la tristeza y la derrota que significa estar vivo”

Desde que tengo uso de memoria —que no de razón—, el estudio de mi Señor Padre siempre estuvo lleno de libros. Dos murotes pletóricos de variopintos ejemplares, cuyo número, injustamente para él, ha ido disminuyendo conforme aumentó nuestro gusto por la lectura, sin embargo, para no aceptar que es un robo flagrante y punible, me gusta pensar que es un anticipo de herencia, aunque dados mis merecimientos, seguramente más bien será la única.

“Siempre traigo dinero para un taxi,
es la ley de la vida para que te vaya bien.”

De ese estudio recuerdo su hálito a templo, a remanso, a solemnidad (que no reciedumbre), pero más profundamente recuerdo el último nivel de los libreros al cual, por mi ya desde ese momento anticipada corta estatura —en todo sentido hablando—, no podía acceder. ¡Porno!, pensarían algunos (y en ese momento, yo también), pero nel: llanamente eran los libros para los que se requería un poco más de bagaje del cual carecía el párvulo de 6, 7 años que era yo, aunque de lo que no carecía era de una curiosidad exacerbada que me llevó cierto día a apilar una silla, una hielera, un baúl, y una caja de leche para así, a riesgo de una merecida y prematura muerte, acceder al nivel VIP, y recibir la bienvenida por parte de un señor Eusebio Ruvalcaba, con su —muy atinado para la situación—: ¿Nunca te amarraron las manos de chiquito? (que ya no se edita, pero que yo conservo -ynolesprestonininini-).

“Un texto debe tener trama y trauma”

Pues bien, como si no tuviéramos suficientes noticias atroces, resulta que nos seguimos quedando huérfanos, y se nos adelantó ese maravilloso escritor (y según sus palabras, bebedor) tapatío, autor de no sólo la maravilla que arriba les conté y que es mi favorito (y que insisto, nolespresto), sino también de chuladas como Clint Eastwood, hazme el amor,  o Hilito de Sangre (que hasta protagonizó Diego Luna -cuando aún no era galán internacional, sino un incipiente gordito- en su versión cinematográfica), pero sobre todo, autor de un montón de talleres de los cuales un puñado de suertudos (a los que odio) pudieron gozar y sobre todo, crecer.

Se diría que me estoy trepando al tren del mame, pero pues ¿cuál?: ¿a poco hay el ese Trending Topic? ¿A poco todos en su muro del feis andan diciendo que eran fans desde 1967 (aunque hayan nacido en 1995)?. Nel, ¿verdad?, pero tampoco (como dicen los tapatíos como él) ocupa, porque con este humilde vocho del mame, mientras haya vino o whisky —sus favoritos—, basta y sobra.

O, ¿qué? ¿Conocemos a muchos que hayan escrito en la extinta pero legendaria revista La Mosca en la Pared, y que sean admirados aunque ni les guste el rock, y es más, ni siquiera sean jóvenes (de edad)? ¿Conocemos a algunos que tengan conciencia y por ende aforismos tan preclaros como este puñado aquí compartido? ¿Conocemos a uno solo que señalara abiertamente, pero también con respeto y cariño, la exigua producción de su paisano Juan Rulfo? Pues ese, y mucho más es (no era) Eusebio Ruvalcaba. Ese a quien algunos majaderos llamaban “El Bukowski mexicano”, aunque, pues qué estúpido el mote, porque eso de decir: “El tal o cual mexicano” es de una simplicidad insultante, pero más allá de ello, no se dan cuenta de que Bukowski es único, pero Eusebio, también.

“Gracias al alcohol he descubierto
la miseria que significa estar vivo,
he tocado mi propia miseria y descubierto
la belleza donde estaba oculta.”

Ah, y nota humorística (una que a él seguro le habría encantado): ¡Carajo! Se hubiera vuelto a morir, pero de risa, de que el imbécil del Peñejo, que no ha leído ni los libros de su carrera (si es que de verdad la hizo), ande diciendo que lo leyó a él. Eso sí, nos lamentamos algunos, pero nomás porque así es de insolente la muerte, pero sólo para los que se quedan, porque en una entrevista que le hizo Arturo J. Flores, dijo:

“Todos los días, cuando abro los ojos,
imploro que sea mi último día.
Ése debería ser el deseo de cualquier
hombre sensato:
morir consciente, sin necesidad de que alguien
le limpie el culo.”

Y yo agregaría que además pateando algunos, porque él, como los grandes, cumplió lo que dijo, y eso es bastante más de lo que podría decir cualquiera de los que quedamos “vivos”.

P.D. En estas situaciones, se dice que no hay palabras, pero sí las hay, y no las borricas anteriores, sino las de él, para que tú, lectoralectorquerido, sepas de qué hablo, pero sobre todo, de qué habla él. Enjoy.

“El peor enemigo de un borracho es el teléfono”.

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Carlos Edmundo

Proyecto de escritor, músico, arquitecto y humano; abandonado por falta de recursos literarios, musicales, arquitectónicos y humanos. Twitter: @carlosedmundo_