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La conquista de la Union en Tenochtitlán

Hubo un tiempo en que los españoles llegaron a México para cambiar nuestros usos y costumbres, modificaron nuestra cosmogonía de la realidad filtrando su estilo de vida en América. Entre indígenas y españoles decidieron crear una nueva piel, y ahora los mexicanos somos hijos del mestizaje y de una identidad propia: otra nueva realidad.
La Unión, banda de rock pop de los 80’s, se presenta y llega a la Ciudad de México, en el Teatro Esperanza Iris, donde Rafa Sánchez con el porte español que lo caracteriza, se coloca frente al escenario. Es un Hernán Cortés que llega con su melena blanca, su espada es aquella voz rasposa que conquista sin agresividad a los mestizos e hijos de indignas que están presentes en el lugar.

Sin penachos, pero con el corazón sangrante latiendo, lo único que los presentes pueden otorgarle a la banda. La pirámide del sol se ha transformado en un escenario, y en la sima, en lo más alto de la cúspide, el cielo se tiñe de rojo, las luces acarician los asientos y de la boca de español conquistador salen las primeras palabras hacia los mexicas:

“Sólo la noche no me hace reproches porque me quiere tal como soy. Vivo de día buscando una salida , aunque sólo con ella me pongo a bailar…Busco en la noche respuestas y nombres que me ayuden a saber quien soy”.

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La piel morena se mezcla con los colores de los reflectores. De sus asientos, la gente se levanta y al viento del lugar las melenas blancas y negras revolotean, las caderas y los pies marcan su ritmo, sólo faltan cascabeles y sonajas para semejar un ritual a Tláloc, donde la lluvia cambia por sudor y las nubes grises por las luces del recinto.
“Mil siluetas” y “Falso amor” resuenan en las paredes, los hombres alaban a su nuevo rey, en pose de guerrero águila comienzan su batalla a media noche, sus armas son sus brazos, una danza antes de la guerra, una lucha que se gana únicamente al estar frente Luis Bolin en el bajo, representando la llegada de un extraño a Tenochtitlán, al Ombligo de la Luna.

Con el jaguar en el pecho, Rafa Sánchez levanta las manos hacia sus seguidores. “Humo” es el nuevo ritmo a seguir, las mujeres y su piel sedosa levantan los brazos, sus bocas se abren y acompañan al vocalista en su tonada.

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En esta ceremonia el único sacrificio es el del cansancio o la pereza, pero a estas alturas, aquellos pensamientos ya han perdido la cabeza.

Sin sangre y con la fuerza de algún dios azteca presente, la canción ícono de La Unión revolotea entre los oídos de los presentes. Un sonido tan suave pero tan ágil, como el vuelo de una mariposa entre las pieles, “Hombre Lobo en París” es el eco de las paredes, sólo falta algún sonido de caracol para saber que la hora ha llegado.

El sol azteca ha muerto para renacer otro día, la obscuridad es el nuevo vestido de los mestizos, que siguen alabando a su nuevo gobernante, mientras él cuestiona al destino con “¿Dónde estabais?”, un himno a la soledad y al reclamo de alguno que otro amigo o amante desconocido.

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El día en que Hernán Cortés se hizo presente en Rafa Sánchez y Luis Bolin, parece agotarse poco a poco. Sin escaleras de piedra han subido a la pirámide, conquistando el centro de México, el ombligo de nuestros indígenas muerto y vivos. Pero esta vez no destruyeron nuestros templos, todo lo contrario: festejaron y alabaron a nuestros mestizos, se creó la raza de bronce y la historia se vuelve a repetir, pero las armas de los españoles se cambiaron por voces y agradecimiento infinito.

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