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V: algo para recordar a The Horrors

Cuando The Horrors apareció en la portada de NME, los integrantes fueron descritos por el editor como unos chicos que “se ven horribles y suenan terrible”. Diez años han pasado ya y, aunque los muchachos de la banda liderada por el #robertsmithsiano Faris Badwan siguen mostrando un aspecto un tanto creepy, su sonido es todo menos terrible u horroroso.

V,  es la prueba del ácido para la banda inglesa. Si algo habrá que reconocerle a la agrupación, es su capacidad para gustarle por igual a esa misma gente cálida fanática de The XX, Phoenix y el Currents de Tame Impala, y a los largamente obsesionados con Joy Division, Bauhaus o, incluso, Depeche Mode. No es para menos.  Para su último disco, el quinteto vuelve a trabajar con un productor externo: un viejo lobo de mar como Paul Epworth, que ha trabajado con Adele, Colplay, Florence and The Machine y Bloc Party.

El resultado: un disco pulido que cierra sobre sí mismo; que no pierde espesura a lo largo de sus cincuenta y cuatro minutos de duración, ni siquiera en sus pasajes más pop y emocionales.

The Horrors

V retoma el sonido más espeso del Primary colors (2009), sin olvidar ese paso que dieron en Skying (2011)  hacia atmósferas más frescas y eufóricas. Se percibe, así, un justo equilibrio, no solo entre sus diez canciones, sino al interior de cada una, sonando a ratos monstruosamente encapsulados y, a ratos, a punto de estallar en éxtasis.

De esta forma, V es un disco que oscila entre los abismos oscuros (de la existencialista “Hologram”, a la magnética “Machine” o la esquizofrénica “Weighted Down”) y las cimas aureales (de la Alan-Parsonsiana “Point of no Reply”, a la bipolar “Gathering”, o la meláncolica “It´s a good Life”). Incluso sus momentos más  industriales con “Press Enter to Exit”, o lo más trip-hoperos y lamentosos, como en “Ghost”, van en función al sonido del álbum, contenido pero lúcido, que sobresale por el uso reiterado de sintetizadores extraños y guitarras distorsionadas procesadas por una máquina.

De V además se desprende quizás la mejor rola de la banda hasta ahora: “Something to Remember Me By”. Siete minutos épicos que cierran el disco de la manera a la que The Horrors nos tienen acostumbrados: con esa melancolía anestesiada y lúcida depresión. Pero, esta vez, con una gran dosis de dance y chill out, que podría ser fácilmente remixeada, coreada y bailada en cualquier antro del mundo.

Así, pues, es un álbum que demuestra que no hay quinto malo, que redefine el sonido de  The Horrors y que, en definitiva, los coloca en el podio de las bandas indies dignas de ser escuchadas.