Hace tiempo ya tenía ganas de ir al Festival Arre, más que nada por marcar esa casilla invisible y poder decir que he asistido a todos los festivales del país. Pero este año, ni de chiste imaginé todo lo que me iba a tocar vivir. Una noche antes fui convocado; así como un jugador en la banca esperando su turno, así estaba yo. La verdad, desde mi completa ignorancia, al principio dije que el cartel estaba algo pinchurriento (obvio, desconocía a la mayoría de los actos), pero lo bueno apenas empezaba. Me mentalicé: venía a divertirme y a juzgar menos.
Para mejorar la misión, me encontré con una amiga con quien pude recorrer el evento entre risas y charcos. Llevábamos el impermeable cubriéndonos hasta los ojos, pero con la mejor actitud, porque ni truenos ni relámpagos iban a impedirnos disfrutar. Al final, todos deberíamos bailar al menos una vez bajo la lluvia.
El Arre anunciaba su inicio cerca de las 5 de la tarde. El clima no se sentía normal: ni frío ni calor, solo algo nublado. En mi mente de festivalero pensé: «esto va a mejorar», porque para esas largas caminatas en la Curva 4, lo mejor es un clima templado. Desafortunadamente «empeoró»… aunque eso depende del lado que lo veas. Yo la verdad no creo que la lluvia sea mala; lo único realmente malo que podía traer eran las malditas cancelaciones.
La entrada se veía solitaria, nada comparada con esos festivales donde tienes que hacer filas kilométricas para acceder. ¿Tal vez era temprano? ¿Tal vez había tráfico? Nada de eso. Simplemente ya estaba lloviendo. Y así como caía el agua, en redes también llovían los comentarios de lo «mal» que estaba el festival. Lo pongo entre comillas porque, reitero, que a alguien no le guste mojarse no significa que todo sea un desastre para los demás.
Pero bueno, sí, hay que admitirlo: las instalaciones ya se notaban literalmente inundadas. Aun así, en el escenario principal retumbaba «Capullo y Sorullo» de La Sonora Dinamita. Con todo y el impermeable puesto, eso no fue impedimento para sacar dos que tres pasos prohibidos, echar un par de vueltas y bailar con el rocío de la tormenta. Entre cumbia y cumbia llegó «Que nadie sepa mi sufrir». Obvio, ahí nadie sufría… o tal vez sí, pero solo los quejosos de las redes.

La lluvia… maldita lluvia (dirían algunos). De repente nos fintaba con que se iba, pero al poco tiempo regresaba con más fuerza. A través de un comunicado en redes sociales, el festival anunció que las actividades del Escenario Principal serían suspendidas temporalmente. Las caras cabizbajas se empezaron a notar entre los asistentes que iban brincando de charco en charco sin saber qué hacer. Además del parón musical, se fue el sistema: no había módulos para recargar el cashless, y sin eso, no podías comer ni beber.
Todo estaba apagado e inundado. En ese momento solo quedaba en ti decidir: o le veías el modo de disfrutar, o te dedicabas a quejarte. Ahí fue cuando recordé que a mí ya me han tocado más de cinco festivales en México que han sido un caos por Tláloc. En esta misma Curva 4 del Autódromo se vivió la leyenda del ‘Corona Lodo’ en aquel 2014, cuando el recinto se convirtió en una piscina gigante de fango que nos llegaba hasta las rodillas. O la furia en el Foro Pegaso durante el Ceremonia 2017, donde el viento comenzó a desprender las lonas. Ni hablar del Force Fest 2019, el apocalipsis en Oceanía, donde Slipknot y Evanescence cancelaron y el público enloquecido terminó ¡incendiando la batería en pleno escenario!

Esas sí son anécdotas de terror festivalero, no un simple charquito. Y entre esos flashbacks de guerra, yo solo rezaba para que no hubiera más cancelaciones definitivas, porque andaba de inquieto queriendo cantar «Ramito de Violetas» con Mi Banda El Mexicano. Afortunadamente, se logró. El señor Germán Román llegó cantando «La Bota» (rola que hasta repitió en el show) y ese set revivió al Arre. Nadie perdió la oportunidad de bailar de caballito y levantar las botas enlodadas al ritmo de «Feliz Feliz». Por fortuna, el sistema revivió: se activaron un par de carpas para recargar el cashless y, por fin, pude comprar la tan necesaria cerveza. Al sonar «El Borrachito», la disfrutamos como se debía. Aunque había menos afluencia por la tormenta, se coreó muy cabrón «Quién piensa en ti» y, obviamente, el himno supremo: «Ramito de Violetas». Qué buen aliviane fue ese show.
Luego tocó refugiarnos de nuevo. Caímos en la carpa del escenario Little Caesars, justo cuando llegaba una chica llamada Delilah. De lo poco que alcancé a captar, interpretó temas como «Todo» y «Malibú». La verdad, no supe bien qué estaba escuchando, pero como dije desde un principio: no fui a juzgar, sino a conocer.

Con las luces bajas y todo haciéndose mucho más oscuro (y eso que apenas daban las 9 de la noche), regresamos al escenario principal para ver a Los Dos Carnales. Voy a ser sincero: si no fuera porque viajo en la micro y porque vivo en Iztapalapa, chance no sabría de ellos. Pero «El Envidioso» y «Cabrón y Vago» son clásicos que siempre suenan en mi barrio, así que las canté con ganas.
Y nunca pensé decirlo, pero ya urgía que llegara la hora de «El Potrillo». Es más, ni yo sabía que me sabía casi todo su repertorio. Nos llevó por un viaje entre rancheras, mariachi y los obligados tributos a su papá. Hasta Edén Muñoz llegó de invitado para cantar «Decepciones» (y vaya que para nada decepcionó). Yo, como alguien que no sigue tan de cerca la carrera de Alejandro Fernández, hubiera querido un setlist puro de hits. Me quedé con ganas de desgarrarme cantando «No», pero sí pude desquitarme con «Caballero», gritar a todo pulmón «¡Mátalaaaaaaaaaaas!» y, claro, «Estos Celos» del mismísimo Chente. La presentación cerró magistralmente con «Como quien pierde una estrella». Y sí, por si te lo preguntabas, el Alex salió sobrio (aunque siendo honestos, yo también esperaba que saliera medio pedillo para el folclor).
Para este punto ya nadie se movía del escenario principal. Ya con el estómago lleno tras cazar unos esquites, unas papitas y una que otra chelita, solo esperábamos que llegara «La Chona». Aquí debo confesar algo: pensé que el show de Los Tucanes de Tijuana iba a desbancar al de Mi Banda El Mexicano. Y aunque no fue un mal set, creo que todos teníamos ganas de terminar zapateando en lugar de escuchar baladas como «Amor Platónico» o «Amor Soñado». Sí hubo corridos, pero ya con el frío no estábamos como para andar bailando de cartoncito; solo necesitábamos gritar: «¡La buena vida se da de noche, no falta nada, consigues todo, hu hu, viva la noche, viva la vida!».
Porque, definitivamente, a «mí me gusta vivir de noche». Así que, aun siendo domingo, cansados y con los calcetines empapados, no podíamos irnos sin dar el legendario «Tucanazo».
Al final del día no importa si fue tu primera vez en el Arre, si ibas de rockero, de vaquero o si caíste con toda la plebada: bien sabemos que, tarde o temprano, todos terminamos cantando las rancheras.






