Fotografia: carlos sain

Crónica de un ReporFan en la ciudad donde apareció U2

Una crónica de un Reporfan sobre lluvia, carretera, fotografías y esa extraña necesidad de seguir creyendo en la música

Hay momentos que no parecen reales mientras suceden. (antes de comenzar a leer reproduzca I Still Haven’t Found What I’m Looking For)

Momentos que se sienten más como una escena eliminada de una película filmada por Anton Corbijn que como algo que realmente está pasando frente a tus ojos. Y quizá por hay una difultad al intentar escribir esto. Porque hay experiencias que primero tienen que bajar del cuerpo antes de convertirse en palabras.

Todo comenzó con un correo electrónico que nunca vi.

O peor: que vi demasiado tarde.

Ahí estaba la convocatoria para poder formar parte de una experiencia cercana con U2 durante su visita a México. Y yo, entre trabajo, pendientes y la velocidad absurda de los días normales, simplemente no revisé el correo a tiempo.

Cuando finalmente lo encontré, ya era tarde.

La sensación fue ridícula y rara al mismo tiempo. Una mezcla entre enojo y tristeza difícil de explicar para quien nunca ha tenido una banda atravesándole la vida durante décadas.

Porque para muchos, U2 no es solamente música.

Es memoria.

Es adolescencia.

Es esa parte de uno mismo que todavía sobrevive intacta aunque el resto del cuerpo haya cambiado.

Durante dos días cargué esa frustración encima mientras la lluvia convertía a Ciudad de México en un enorme paisaje gris. Calles húmedas. Reflejos sobre el pavimento.. Gente corriendo. Todo parecía tener la textura visual de las fotografías de Anton Corbijn.

Y quizá ahí está el verdadero origen de esta historia.

Comienza Muchos años antes de perseguir camionetas de U2 por carretera, primero existió un niño descubriendo discos gracias a el wilo (mi primo nunca te lo agradecí, hoy a distancia lo hago).

Boy.
War.
The Joshua Tree.

No recuerdo exactamente cuál fue el primero. Solo recuerdo la sensación de escuchar algo gigantesco. Canciones que parecían hablarle a estadios enteros y, al mismo tiempo, a una sola persona.

Después llegó Achtung Baby y todo cambió otra vez.

Porque ya no solo era la música.

Eran las imágenes.

Las sombras.

Los silencios.

Las portadas.

El descubrimiento de Anton Corbijn terminó definiendo también una forma de mirar el mundo. O quizá una forma de intentar fotografiarlo. Ahí entendí por qué el blanco y negro podía sentirse más vivo que el color.

Por eso estos últimos días tuvieron algo profundamente circular.

Como si todas esas obsesiones adolescentes hubieran regresado de golpe.

El 14 de mayo, después de salir de una conferencia de Julieta Venegas en el centro de la ciudad, entré a un café únicamente para hacer tiempo antes de otro compromiso.

Entonces sonó el teléfono.

“Van rumbo al Four Seasons”.

Eso bastó.

Minutos después estaba atravesando reforma intentando llegar al hotel.

Llegué tarde.

Las camionetas ya habían entrado.

Durante unos segundos pensé en irme. Pero afuera del hotel estaba ocurriendo algo mucho más interesante que la simple posibilidad de ver a la banda.

Estaban los fans.

Y ahí es donde realmente empezó la historia.

Un hombre sostenía un vinilo viejo como si cargara un objeto religioso. Otro llevaba una camiseta desgastada de giras imposibles. Una chica había viajado desde otro estado solo para intentar conseguir una firma. Algunos ni siquiera buscaban foto. Les bastaba ver pasar las camionetas.

Había algo profundamente humano en todo eso.

Mientras la industria musical vive obsesionada con números, algoritmos y tendencias instantáneas, afuera del hotel había personas hablando de conciertos ocurridos hace treinta años como si hubieran pasado ayer.

Entonces alguien recordó el PopMart Tour de 1997.

Las madrugada afuera del hotel , yo comente yo estube ese dia saliendo del concierto con el wilo y sus amigos que también ya eran mis amigos,Los mariachis improvisados por fans mexicanos una serenata sin que la damisela saliera pero el amor se cantaba desde abajo , recordaron las filas eternas. para conseguir un boleto y los partidos de fútbol que se realizaban en el estacionamiento para hacer tiempo, Las ventas nocturnas en Mixup par a ser de los primeros en tener el nuevo de u2, La época en que conseguir un boleto requería tiempo, paciencia y resistencia física.

Y entendí algo: el fandom de U2 en México pertenece a otra generación emocional. Una que todavía entendía la música como ritual colectivo.

De pronto apareció una camioneta.

Todo el mundo se movió.

Y apenas durante unos segundos se asomó un rostro inconfundible: Anton Corbijn.

Para cualquiera podría haber sido un momento menor.

Para mí no.

Porque buena parte de mi relación con la fotografía nació mirando su trabajo. Sus encuadres. Su forma de retratar músicos como si fueran personajes perdidos dentro de su propia fama.

Y entonces sucedió algo todavía más improbable.

Una chica con la que había estado hablando se acercó rápidamente:

“Van para Texcoco. Nadie lo sabe. Vamos”.

Más de una hora de carretera después, seguíamos sin saber exactamente a dónde íbamos.

todo como una fotografia granulada. Hubo momentos en que pensamos regresar. no sabíamos a donde íbamos pero sabíamos que era en uno de los parques y teníamos que estar , la ruta cada vez se hacia mas larga

Hasta que llegamos .

Cercos.
Guardias.
Accesos cerrados.

Parecía imposible entrar.

Pero a veces los mejores momentos ocurren gracias a pequeñas mentiras piadosas.

“ A donde van ? Solo salimos por agua”.

Y funcionó.

Los guardias movieron el cerco.

“Pasen”.

Dentro del coche comenzó a sonar Beautiful Day.

Nunca una canción había aparecido en el momento correcto de forma tan absurda y perfecta.

Porque sí: era un hermoso día.

Aunque hubiéramos llegado cansados y completamente improvisados.

Lo que estaba ocurriendo ahí era la Street Child World Cup 2026. Niños jugando futbol por todos lados. Organizadores corriendo. Producción montando cosas. Y en medio de ese caos y buscando donde estacionarnos apareció una imagen difícil de procesar:

The Edge sentado afuera de una camper conversando tranquilamente con Anton Corbijn.

Como si una portada de revista hubiera cobrado vida.

Intenté sacar la cámara.

Un guardia se acercó inmediatamente:

“Aquí no se pueden estacionar”.

Tuvimos que movernos.

Y ese detalle mínimo terminó cambiándolo todo.

Porque traer cámara abre puertas.

Sin buscarlo demasiado terminé avanzando cada vez más cerca de donde estaba ocurriendo todo. Primero una entrada. Luego otra. Después ya estaba dentro de la cancha donde se jugaría la final entre Argentina e Indonesia.

Entonces apareció Larry Mullen Jr para la fotografia con los equipos finalistas , no lo podia creer por fin tenia a larry el creador de eso que despues de años nos hace vibrar, Después Bono. Luego Adam Clayton y The Edge.

Juntos.

A unos metros.

No sobre un escenario.

No detrás de una pantalla gigante.

Ahí.

Humanos.

Mirando futbol.

Conviviendo con niños, organizadores, prensa y voluntarios.

Por momentos olvidé incluso tomar fotografías y las que tome salieron movidas por nervios . Estaba demasiado ocupado intentando procesar la escena.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño: ya estaba en el medio circulo de la cancha tomandole fotos a larry ,Observando cómo Anton Corbijn caminaba alrededor buscando encuadres mientras Bono, The edge y larry observaban la ceremonia para dar inicio al partido .

En algún momento entendí que todo el caos de los días anteriores me había llevado exactamente ahí.

El correo perdido.
La frustración.
La lluvia.
Cancelar compromisos.
Atravesar reforma corriendo.
La carretera a Texcoco.
El cansancio.

Todo había valido la pena.

Al final llegaron las fotografías.

La imagen con Larry Mullen Jr..

La foto inesperada con Anton Corbijn.

Pero curiosamente eso terminó siendo lo menos importante.

Porque lo verdaderamente valioso fue recordar algo que muchas veces olvidamos: todavía existen bandas capaces de mover personas, ciudades y recuerdos enteros.

Bandas que sobreviven más allá de las críticas, la sobreexposición, las opiniones políticas o el paso del tiempo.

Hoy mucha gente discute si U2 sigue siendo relevante.

La respuesta estaba afuera del hotel.

En la carretera rumbo a Texcoco.

En los fans que viajaron horas para intentar ver una camioneta durante tres segundos.

En quienes todavía conservan boletos viejos como reliquias.

En quienes siguen encontrando pedazos de su vida dentro de esas canciones.

Porque algunas bandas llenan estadios.

Y otras, además, terminan llenando recuerdos.

Un día después, U2 seguía en la ciudad.

Y aunque durante horas pensé en volver a salir, regresar al hotel, perseguir otra pista, otra camioneta, otra posibilidad imposible… la vida simplemente no me dio para más. El trabajo volvió. Los pendientes regresaron. La ciudad retomó su ritmo brutal y cotidiano.

Tal vez hoy se van.

Y extraño pensar eso.

Porque durante tres días México pareció moverse distinto. Como si de pronto hubiera reaparecido una versión vieja de la ciudad. Una donde todavía existían las filas afuera de las tiendas de discos, las playeras gigantes de conciertos, las cámaras colgadas al cuello y la gente capaz de atravesar media ciudad solo por una canción.

Me quedé pensando mucho en algo mientras revisaba las fotos.

La imagen perfecta nunca llegó.

No existe una fotografía definitiva de esos días. No la de Bono mirando el partido. Ni la de Larry Mullen Jr. caminando entre gente. Ni siquiera la inesperada foto junto a Anton Corbijn.

Porque entendí algo demasiado tarde: hay momentos que no fueron hechos para capturarse.

Solo para vivirse.

Y entonces recordé una frase que escuché hace años en una película sobre fotografía: hay imágenes que no se disparan, se revelan lentamente dentro de la memoria.

Quizá por eso no publiqué esta crónica ayer.

Necesitaba dejar que todo bajara un poco. Que el ruido se acomodara. Que la emoción dejara de correr como carretera mojada bajo las llantas.

Porque todavía sigo viendo escenas sueltas:

La carretera con tres desconocidas rumbo a Texcoco.
La voz de alguien diciendo “van para texcoco vamos ?”.
Los fans abrazando discos viejos como si fueran reliquias.
Beautiful Day sonando dentro del coche justo cuando por fin nos dejaron pasar.
Y esa extraña sensación de estar viviendo algo que ya parecía recuerdo mientras estaba ocurriendo.

Tal vez eso fue realmente todo esto.

No una cobertura.

No una persecución.

No una anécdota de fans.

Sino un pequeño intento por volver a sentir lo que era creer que la música podía cambiarte la vida.

Y aunque el tiempo haya convertido a U2 en debate, meme, nostalgia o contradicción, hay algo que sigue intacto: la capacidad de mover emocionalmente a personas que crecieron acompañadas por esas canciones.

Porque al final, mientras la ciudad vuelve lentamente a la normalidad, sigo pensando en una línea de Where The Streets Have No Name:

“There’s only love.”

Y quizá de eso se trató todo.

De amor.

Del que se le tiene a la música.
A los recuerdos.
A quienes ya no están cerca.

al final llegó el momento de decir «se consiguió el objetivo,,,,»

Somos una revista especializada en música con 15 años de trayectoria.

Música sin algoritmo

contacto@revistakuadro.com
prensa@revistakuadro.com
Zeen Subscribe
A customizable subscription slide-in box to promote your newsletter
[mc4wp_form id="314"]