Todavía no termina… pero se parece mucho a una despedida ,RUSH

We Have Assumed Control» Hay frases que terminan perteneciendo a una banda. No importa cuántos años pasen, basta escucharlas para que activen una memoria colectiva. Para los seguidores de Rush, pocas tienen el peso de aquellas palabras que abren el universo de 2112: «We Have Assumed Control». Durante décadas fueron parte de un disco legendario. Esta semana, en la Ciudad de México, podrían convertirse en una realidad.

Porque lo que está ocurriendo con el Fifty Something Tour no se parece a una gira de despedida convencional. Tampoco a una reunión nostálgica diseñada para tocar los éxitos de siempre y marcharse. Lo que Geddy Lee y Alex Lifeson han construido después de la ausencia de Neil Peart es algo mucho más extraño, más emotivo y más impredecible: una celebración de la historia de Rush que se niega a comportarse como una pieza de museo.

Mientras miles de personas caminan hoy hacia el Palacio de los Deportes, existe una sensación que se repite entre conversaciones, grupos de fans y redes sociales. Nadie sabe realmente si volverá a existir otra oportunidad.

Rush nunca fue una banda común.

Su historia tampoco lo ha sido.

Durante más de cuatro décadas construyeron una carrera desafiando las modas, ignorando tendencias y apostando por composiciones que parecían imposibles para la radio comercial. Mientras otros grupos buscaban sencillez, ellos componían canciones de veinte minutos. Mientras la industria perseguía fórmulas seguras, ellos hablaban de filosofía, ciencia ficción, individualismo y libertad.

Y contra toda lógica terminaron convirtiéndose en una de las bandas más importantes de la historia del rock.

Por eso el ambiente que rodea estos conciertos tiene algo distinto.

No se parece a la emoción previa de una gira más.

Se parece a una reunión familiar que tardó demasiado tiempo en llegar.

Entre las filas del recinto habrá quienes vieron a Rush en sus visitas anteriores a México. Otros conocieron a la banda gracias a un hermano mayor que prestó un cassette de Moving Pictures. Algunos crecieron intentando descifrar los compases imposibles de YYZ. Otros aprendieron a tocar guitarra tratando de seguir a Alex Lifeson o descubrieron que un bajo también podía ser protagonista gracias a Geddy Lee.

Todos llegan con historias distintas.

Todos llegan al mismo lugar.

Y todos esperan lo mismo.

Escuchar una vez más esas canciones que acompañaron una parte importante de sus vidas.

Las primeras noches de la gira en Los Ángeles dejaron claro que Rush no piensa regalar una experiencia predecible.

De hecho, ocurrió exactamente lo contrario.

Las redes sociales comenzaron a llenarse de videos, fotografías y comentarios de seguidores sorprendidos por un detalle que nadie esperaba: el repertorio estaba cambiando drásticamente de una fecha a otra.

Canciones que llevaban más de una década sin aparecer en vivo comenzaron a regresar.

Temas que muchos consideraban imposibles reaparecieron.

Y entonces sucedió algo que terminó de disparar la expectativa mundial.

La banda interpretó completa la suite de 2112.

Completa.

Por primera vez desde finales de los años noventa.

Para comprender la magnitud del momento hay que recordar que varias secciones de esa obra no habían sido tocadas desde la gira de Test For Echo en 1997.

Más de un cuarto de siglo.

Toda una generación de seguidores jamás había tenido la oportunidad de escucharlas en vivo.

De pronto ahí estaban otra vez.

Discovery.

Oracle: The Dream.

Soliloquy.

Fragmentos que parecían destinados a vivir únicamente en la memoria colectiva de los fanáticos más obsesivos.

Esa es la clase de sorpresas que ha convertido al Fifty Something Tour en una de las giras más comentadas del año.

Y es precisamente esa incertidumbre la que acompaña ahora a los conciertos de la Ciudad de México.

Porque nadie sabe con exactitud cuál será el setlist definitivo.

La posibilidad de escuchar rarezas como The Analog Kid, The Trees, Leave That Thing Alone, Witch Hunt o A Passage To Bangkok mantiene a los seguidores revisando cada movimiento de la gira.

Cada concierto parece una especie de lotería progresiva.

Nadie sabe qué tesoro puede aparecer.

Sin embargo, existen algunas certezas.

Cuando los primeros acordes de Xanadu comiencen a resonar en el Palacio, miles de personas entenderán que la espera terminó.

The Spirit Of Radio volverá a recordar por qué Rush logró conectar con varias generaciones.

Subdivisions seguirá sonando tan vigente como cuando fue escrita.

Limelight volverá a hablar de la fama, la identidad y el costo de vivir bajo los reflectores.

Y tarde o temprano llegará el momento que probablemente muchos llevan esperando durante años.

Las luces bajarán.

Las pantallas se transformarán.

La narrativa de 2112 comenzará a desplegarse.

Será imposible no pensar en todo lo que esa obra representa.

No sólo para Rush.

Para el rock entero.

Cuando apareció en 1976, el futuro de la banda estaba en riesgo. Su compañía discográfica esperaba un álbum más accesible. Ellos respondieron entregando una ópera rock conceptual inspirada en ideas de libertad individual y resistencia creativa.

La apuesta parecía suicida.

Terminó convirtiéndose en el disco que salvó su carrera.

Cincuenta años después, esa misma obra continúa emocionando a miles de personas alrededor del mundo.

Pero quizá el instante más poderoso de la noche no tenga relación con una canción específica.

Probablemente llegue cuando aparezca la figura de Neil Peart.

Porque aunque el legendario baterista ya no está físicamente sobre el escenario, todo el espectáculo gira alrededor de su legado.

Su voz.

Sus imágenes.

Sus palabras.

Sus composiciones.

Su presencia.

Cada homenaje incluido en la producción funciona como un recordatorio de que Rush siempre fue la suma de tres talentos irrepetibles.

Y precisamente por eso la labor de Anika Nilles se ha convertido en una de las grandes historias de esta gira.

La baterista alemana no intenta reemplazar a Peart.

Nadie podría hacerlo.

Lo que hace es rendir homenaje a una de las obras rítmicas más complejas jamás escritas para el rock.

Su interpretación ha sorprendido incluso a los seguidores más exigentes, demostrando que esas canciones siguen respirando y evolucionando sin perder su esencia.

Cuando llegue YYZ, la reacción será inevitable.

Cuando aparezca Red Barchetta, más de uno volverá a sentirse adolescente.

Cuando suene Closer To The Heart, el Palacio entero cantará.

Y cuando finalmente llegue Tom Sawyer, el tiempo desaparecerá por unos minutos.

Porque algunas canciones tienen ese poder.

No envejecen.

Simplemente esperan.

Quizá por eso estos conciertos significan tanto.

No son únicamente una oportunidad para ver a Rush.

Son una oportunidad para reencontrarse con una parte de la propia vida.

Con discos escuchados hasta desgastarlos.

Con amigos que recomendaron canciones.

Con tardes enteras intentando entender letras imposibles.

Con la emoción de descubrir que la música podía ser algo más que entretenimiento.

Y mientras las luces se apaguen hoy y vuelvan a hacerlo el próximo 20 de junio, miles de personas compartirán la misma sensación.

La de estar presenciando algo que difícilmente volverá a repetirse.

Porque nadie puede asegurar si Rush regresará otra vez a México.

Lo que sí parece seguro es que quienes entren al Palacio de los Deportes durante estas dos noches saldrán con la certeza de haber formado parte de uno de esos momentos que terminan contándose durante años.

Como ocurre con las mejores historias del rock.

Como ocurre con Rush.

Fotografía; Steve Rose

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