Durante años hemos repetido casi como un dogma de fe que lo que hace la Tokyo Ska Paradise Orchestra es uno de los mejores ska del planeta. Nadie lo cuestiona. Pero antes de llegar al clímax de la noche, hay que hacer una parada obligatoria y poner las cartas sobre la mesa, porque la previa venía brava.
El Skafest ocurrió. No como muchos hubieran querido, pero se logró, y eso en estos tiempos ya es un triunfo. En una escena donde incontables festivales se quedan a mitad del camino, naufragan entre cancelaciones o mueren en el papel, que este evento haya levantado la cortina se agradece. Claro, no nos hagamos tontos: pasar de un cartel prometido de siete bandas a quedarse únicamente con dos es un trago amargo y un golpe durísimo para cualquier bolsillo.
En lo personal, si me daban a elegir, hubiera preferido mil veces ver a Almalafa sobre el escenario que a Los de Abajo. Sin embargo, una vez cruzando la puerta del nuevo recinto, ver a la legendaria agrupación mexicana en acción borró cualquier queja inicial. Obvio nos pusieron a bailar. Quizás conscientes de que el tiempo era reducido y la noche corta, saltaron a la tarima a soltar puro macanazo, un éxito tras otro sin dar espacio al respiro. Lo que siempre se le va a aplaudir a Los de Abajo es esa interacción cruda y real con su gente: ver a su vocalista bajarse del escenario para meterse de lleno entre la multitud, cantar, brincar y brindar brazo con brazo con los afortunados de la primera fila es la esencia pura del género. Y seamos honestos: si no te pones a bailar cuando retumba «La Polka Pelazon«, de verdad estás muy wey.
Y ahora sí, sin llorar por lo que pudo haber sido, llegó el turno de los nipones.


Para un sector del público más cerrado, los últimos discos de la Skapara han quedado a deber. Hay que decirlo con todas sus letras: se han recargado hacia un terreno mucho más pop que, aunque conserva ciertos tintes de ska, para los puristas a los que nos cuesta tolerar los cambios resulta incomprensible. La frase «eso ya no es ska» flotaba en el aire como un fantasma. A eso se le sumaron las bajas y mutaciones recientes dentro de su alineación, cambios de integrantes que dejaron vacíos importantes este año porque tal vez ese nuevo rumbo pop no a todos les convenció dentro de la misma formación.
Pero esta noche en la CDMX, la Tokyo Ska Paradise Orchestra no vino a darnos una clase magistral de su último álbum ni a vendernos lo nuevo que están gestando en el estudio. Vino a recordar por qué demonios son uno de los monstruos de ska más grandes del mundo.
Con un set sumamente condensado de aproximadamente 17 canciones ejecutadas magistralmente en hora y media, la orquesta nos regaló una ráfaga ininterrumpida de puros éxitos. Pero, sobre todo, nos regaló el privilegio de la cercanía.
La memoria es sabia y nos regresó de golpe a la primera vez que pisaron suelo mexicano en aquel entrañable y caótico Foro 246, a tan solo unas cuantas calles de donde estábamos parados. Aquella fue una velada sofocante: un recinto diminuto, una banda monstruosa y un público completamente desquiciado por ver por primera vez a los japoneses. Años después, la historia nos obligó a ver a la Skapara a la distancia, desde el césped de masivos festivales, rodeados de miles de almas donde la banda se convertía en un punto lejano sobre un escenario gigante.
Por eso, paradójicamente, la «media cancelación» del Skafest terminó siendo un regalo divino. Nos devolvió a la orquesta a unos cuantos metros de distancia, a sudarles encima, a verles el sudor en la cara y a recordar los viejos ayeres. Solo unos cuantos cientos de aferrados entendieron la fokin vibra de la noche y decidieron apostarle al evento, pagando lo mismo por dos bandas que lo que originalmente iba a costar por siete.
El recuerdo que nos queda grabado en la memoria es haber tenido a un titán del ska mundial respirándonos en el cuello. Tal vez fue la última vez en la vida que los veamos así de cerca, entregados por completo a tocar ska puro y duro, y no su nuevo pop.
Y al final, aunque el festival se haya reducido a solo dos agrupaciones, la lección es clara: ojalá el Skafest perdure el siguiente año, ya sea con dos o con diez bandas en el cartel. Necesitamos urgentemente que estos espacios dedicados al género sigan vivos. ¡RESISTENCIA!







