Hay conciertos y luego están las noches que se sienten como un recuerdo instantáneo. El primer gran show de José Madero con este formato fue exactamente eso. Tres pantallas gigantes envolviendo el escenario, lleno total y una audiencia que no fue a escuchar canciones, fue a vivirlas con él, de principio a fin.
El arranque fue potente, directo al pecho. Entre himnos de su etapa solista y varios debuts en vivo, la emoción se fue construyendo en capas. A medio camino, el concierto tomó un giro inesperado y hermoso con el Mariachi Juvenil de Tecalitlán, dándole un aire épico y muy mexicano a la noche. Las apariciones de Zaira Jabnell sumaron momentos más íntimos, bajando la intensidad para conectar desde otro lugar.
Luego los momentos acústicos, la cercanía, la piel chinita… y el cierre fue una explosión emocional colectiva. Más de tres horas que se fueron volando, pero que dejaron huella.
Y cuando parecía que ya lo habíamos sentido todo, llegaron las canciones de Panda. Esas que muchos pensaron que jamás volverían a sonar en vivo. El venue entero cantando como si los años no hubieran pasado, como si esa parte de la historia nunca se hubiera ido.
Estas fotos . Guardan una noche que se volvió eterna para una de las comunidades más fieles del rock indie pop en México















