Si hay una banda en México que puede definirse como la encarnación literal del rock and roll, es Disidente. Por más de 20 años han gritado, han sudado cada escenario y nos han demostrado a punta de guitarrazos que el rock no ha muerto. Y la noche que nos regalaron recientemente en el Lunario fue la prueba definitiva de que su fuego sigue ardiendo con la misma intensidad de sus inicios.
Sobrevivientes de polémicas, hermanos en los desmadres y fieles a la distorsión, el cuarteto originario de Guanatos (Guadalajara) llegó a la capital para darnos una lección de resistencia y poder.
Independencia, ruido y «Superabismo»
Resulta casi irónico pensar en su mítico primer disco, «Y si tuviera disquera». Uno no puede evitar preguntarse qué putazo mediático habría sido Disidente en muchos lugares si hubieran tenido el respaldo de una gran transnacional. Pero la realidad es mucho mejor: siendo 100% independientes, lograron seguir adelante y convertirse en una de las bandas más respetadas del país.
El recinto capitalino simplemente les quedó chico. La energía y el inmenso ruido que propuso este cuarteto sobrepasó las paredes del lugar, llevándonos por una catarsis de gritos que repasó desde aquel legendario debut hasta su más reciente material, «Superabismo».
De enemigos a amigos: La conexión total
Uno de los momentos más memorables y emotivos de la noche llegó cuando, con botella de vino en mano, la banda brindó con sus fans. Antes de reventar los amplificadores con «Enemigo», Alex tomó el micrófono e hizo una petición especial: «Hoy no hay enemigos, vamos a cambiarle. En esta noche veo solo amigos».
Fieles a su vieja filosofía de rechazar la «Basura Pop», Disidente nos demostró que no hay mejor música que el rock and roll. E incluso cuando bajan un poco las revoluciones para entregarnos baladas como «Ayer» y «Gris», la energía de las letras y la crudeza de la ejecución suenan mucho más fuertes que cualquier otro género.

El salto de fe y la comunión del rock
El clímax visual y emocional del show se dio cuando Alex se dejó ir hacia el público. Sin importar el riesgo de caer, se lanzó sabiendo perfectamente que el rock —y su gente— lo mantendrían a salvo. No opuso fuerza ni resistencia; solo se dejó llevar por el amor a la música mientras un mar de manos lo sostenía a flote. Presenciar escenas así en vivo es una verdadera joya que te eriza la piel y te recuerda por qué amamos ir a los conciertos.
El cierre: Un caos perfecto
Para la recta final, podíamos «Decidir» si éramos tan inteligentes como «Albert Einstein», pero a esas alturas, lo único que sabíamos hacer era sacudir la cabeza y gritar.
Y cuando hablamos de «Escala de Violencia», sabemos perfectamente la catarsis que se avecina para el final. Si la noche ya había sido una locura, esa última parte del show trascendió cualquier etiqueta; fue un estallido de sudor, pasión y distorsión absoluta.
Salimos del recinto con los oídos zumbando, el alma llena y una sola petición al universo: Que Disidente nos dure «Hasta Siempre». ¡Gracias por el Rock and Roll!






