El jueves por la noche, Sixpence None the Richer convirtió La Maraka en un refugio de memorias compartidas. No fue un espectáculo estridente ni una producción saturada de efectos. Fue algo más poderoso: una reunión emocional donde cada canción parecía abrir una puerta distinta del pasado.
Desde el primer momento se percibió esa atmósfera íntima que pocas bandas logran sostener con naturalidad. Leigh Nash apareció con su serenidad característica, y su voz, delicada pero firme, llenó el recinto sin necesidad de imponerse. No había artificio, solo interpretación honesta.
El recorrido musical fue una travesía por los temas que han marcado generaciones. Con There She Goes, el público dejó escapar sonrisas inevitables. En Don’t Dream It’s Over, el coro colectivo envolvió la sala como un eco cálido que parecía no querer terminar. Y cuando sonaron los primeros acordes de Kiss Me, el tiempo se detuvo. No fue solo una canción, fue un puente directo hacia primeras historias de amor, películas noventeras y momentos que siguen latiendo.
La conexión fue constante. Entre canciones, la banda agradeció con sencillez, disfrutando cada aplauso. No había distancia entre escenario y asistentes; se sentía más como una conversación musical que como un concierto convencional.
La noche avanzó con esa mezcla de nostalgia y presente bien vivido. Las guitarras sonaron limpias, la ejecución sólida y la energía equilibrada. Nada sobró, nada faltó. Cada tema ocupó su lugar con precisión emocional.
Al final, más que un setlist memorable, quedó la sensación de haber compartido un instante genuino. Sixpence None the Richer demostró que su música no pertenece únicamente a los noventa, sino a cualquier momento donde alguien necesite una melodía que abrace.
Les dejamos algunas imágenes de la noche, donde las luces suaves y las miradas atentas capturaron la esencia de un concierto que no buscó deslumbrar con excesos, sino tocar fibras profundas.
Una velada que confirmó que ciertas canciones no envejecen, simplemente encuentran nuevas formas de resonar.












