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El sismo no terminó en el ‘85

Yo tenía nomás 2 añitos de edad, por lo que aunque mi Señora Madre dice que por aquellos remotísimos tiempos ya estaba buscando a dónde recluirme inscribirme. La verdad es que yo no me acuerdo de mucho, y quizá debería agradecerlo, porque de este modo mi fecha de nacimiento me vacunó contra esas psicosis. Contra esos ojos desorbitados. Contra esas preguntas semidesaforadas: «¿Está temblando? ¡¿ESTÁ TEMBLANDO?!» —a veces reales, a veces attentionwhoringsotes—, cada vez que pasa cerca un camión pesado, cada vez que se toman la tercer cerveza y por supuesto, cada vez que hay un sismo.

Y bueno, la neta es que ese control cabal me duró nomás hasta la elección de carrera, porque la preocupación que nunca tuve de manera funcional durante los sismos antiguos, me vino perenne y ensanchadita en los recientes, ya que los que nos ganamos la vida poniendo un tabiquito encima de otro, generalmente pensamos en esos mismos tabiquitos cada que hay un movimiento telúrico; porque es como con los verdaderos amigos: confiamos en ellos, pero nos preocupan. Y es más, nadie es completamente ajeno, porque quizá los ha habido más hercúleos, más catastróficos, con más grados, pero ya saben, mexas que somos, si vamos a hablar de sismos, nos importa el nuestro que ya pasó, pero sobre todo el nuestro que todos (como al apocalipsis de San Juan) queremos creer que no —y creemos querer que no—, pero andamos ahí esperando.

Y es que se cuentan cosas terribles y se cuentan cosas maravillosas. Se habla del poder de la naturaleza y del poder del hombre midiéndose. Ya saben, el ese dios demostrando que es culero si se lo propone, y el ese humano demostrando que es valiente si se lo propone. Y por supuesto, hoy día tenemos la versión de cuanto documental, pero sobre todo, la versión de cuanto testigo. Como dicen las abuelitas que sí son sabias: «Lo material va y viene», y: «lo único que no tiene remedio es la muerte», pero ese fue justo el problema aquel 19 de septiembre de 1985: que se murió un chingo, pero un chingo de gente, y seguro que eso ya lo sabes, lectoralectorquerido, pero no es tan simple como para arreglarlo con morgues, estadísticas y documentales del Netflix®.

Por ejemplo, en aquel fatídico día, murió Rodrigo Eduardo González Guzmán, (y no digo mejor conocido, porque la neta ni lo conoce toda la gente que hubiera merecido) apodado Rockdrigo. Y no, no me voy a colgar del nopal del mame de su aniversario luctuoso, básicamente porque sí, sí sé que ninguna vida vale más, pero sobre todo ninguna vale menos que otra (NINGUNA, dije, políticos, sólo las suyas), pero de repente la semiótica se antoja necesaria para resolver (o por lo menos proponer) un ejercicio arquetípico cuasijungiano, porque no todo es sacar cigarrito y/o cafecito en el simulacro que hace por ley la empresa en la que te alquilas.

Rockdrigo y Alex Lora, una confrontación Radiofónica - Tijuaneo

¿Quién era Rockdrigo? Bueno, la pregunta es retórica, pero si de verdad no sabes, pues es por eso que prospera el reggaetón y la banda, pero no hay por qué preocuparse que acá lo resolvemos, o por lo menos trataremos; y no con datos biográficos o anecdóticos, que para eso está la Wikipedia®. No, no va por ahí. De verdad que es más profundo y también más elevado eso que nos hace temblar cuando tiembla la tierra. Y sí, dije nos, y te suplico que no te vayas todavía, lectoralectorquerido, que por lo menos esta vez estoy seguro de no estar diciendo tantas pendejadas.

Verán: sin temor a equivocarme sostengo que en el sismo perdimos a un ser elegido para ingentes logros, para triunfos inconmensurables, inenarrables. Todos perdimos a alguien que mezclaba perfectamente la mexicanidad con una mixtura de son huasteco catalizado con blues y con quién sabe qué cosas más. Perdimos a alguien  que migró de su lugar de origen buscando ser y crecer. Perdimos a alguien que se enfrentaba de manera denodada a las injusticias. Perdimos a alguien que ya mero iba a cambiar el mundo, pero se le lastimó la rodilla de manera irreparable (o más bien, en este caso, se le lastimó la vida de manera irreparable). Perdimos a alguien que tenía mucho que decir, y que sus hijos —pendejos en su ignorancia y en su pésima ostentación de genes— no van a poder hacerle justicia porque no le llegan ni a los talones.

Perdimos a alguien que estaba creando cosas que nos iban a poner a disertar muchísimo para definir el estilo y género de lo que hacía, y que con lo poco, pero mucho que nos dejó, acá nos tiene recordándolo, porque además, un montón de gente se ha colgado de lo que hizo sin darle crédito alguno. Perdimos a alguien que realmente decía cosas que nadie más decía, porque decía lo que más bien todos decían. Y viceversa. Y se pone peor, porque lo perdimos gracias a la corrupción solera que impidió construir edificios que resguardaran la vida con la firmeza que resguardan la plusvalía y las rentitas. Y es que sí, caray; ya no podemos oírlo, pero es peor que no queramos oírlo, porque así muere otra vez, sin sismo tectónico, pero con sismo personal.

Y, entonces, ¿no nos suena el personaje, la pérdida? ¿No nos suena la descripción? Pues eso es aún más triste, porque no hablaba de Rockdrigo, pero sí. O más bien sí, pero también de todos, de a quien te suene, que no fueron pocos los deudos y de eso hablamos. Porque un chingo de mexicanos pueden ser descritos así, y precisamente a ellos les cantaba Rockdrigo.

 Lo que pasa es que no hacemos más que dejar morir canciones y por ende personas. O personas y por ende canciones. Porque murió Rockdrigo, pero en sus canciones ya vaticinaba que también se muere México. Porque no sabemos qué hizo él en sus últimos momentos, pero vaya que sabemos qué hacemos en estos últimos momentos nuestros. Porque no es Róckdrigo, pero sí. O sí era Rockdrigo, pero también es esta renuencia a palabrear, pero también a paladear. Este sismo que no se terminó en el ’85, que sigue temblando oscilatorio, trepidatorio, pero sobre todo, catastrófico, y si no escuchamos, si no vivimos, potencialmente mortal.

Así decimos, ¿no?: «¿Está temblando? ¡¿ESTÁ TEMBLANDO?!» Pues bien; ¡Sí está temblando! ¿Qué carajo vamos a hacer al respecto?

P.S: Te suplico, lectoralectorquerido, escuches a los que han vivido un poco más, y si por ventura quieres escuchar a uno que vivió un poco menos, ten, porque te digan lo que te digan, todos somos unos asalariados

Carlos Edmundo

Proyecto de escritor, músico, arquitecto y humano; abandonado por falta de recursos literarios, musicales, arquitectónicos y humanos. Twitter: @carlosedmundo_