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KIWANUKA

KIWANUKA: otra joyita de Michael…

Y lo volvió a hacer con un gran disco; y volvió a pasar de noche. Así son las cosas con Michael Kiwanuka. Pero, ¿qué pasa con Michael Kiwanuka? Es interesante su fenómeno. Algo ocurre con su música que pasa desapercibida entre los conteos y las listas del año (y la década de paso). Eso no impide que el culto alrededor de su figura crezca, y que más gente lo conozca más allá de ser “el autor de la canción de Big Little Lies”.

Kiwanuka (2019) es una experiencia única. Es la autoafirmación — a través de 14 canciones—de un poeta que le habla al mundo con su voz áspera y cálida desde la búsqueda de su propia verdad. Librado de todo prejuicio y asumiéndose como nuevo profeta del soul le canta a la trascendencia, al tiempo —que sí sana— y al amor —que sí es la respuesta—.

“You Ain´t the problem”, por ejemplo, es realmente un himno, un canto magistral de esperanza, que declara que, si no perteneces al mundo, ese no es tu problema: el problema es el mundo. ¿Bello no? De la misma forma, “I’ve Been Dazed” y “Light” se colocan como puntos medulares, auténticas odas a la esperanza en medio de capas muchas veces nostálgicas.


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Musicalmente es también poderoso. Por momentos es tan frío como los pasajes más oscuros del Ghosteen de Nick Cave; de repente es tan sutil que las reminiscencias pinkfloydianas, a cargo del productor Danger Mouse, se presentan con fuerza; de repente, es algo grandilocuente, tan lleno de todo —al estilo Kanye West,— con sintetizadores, violines, pianos, guitarras, tambores tribales, coros de soul y góspel que explotan en el oído como fuegos artificiales sonoros.

En conjunto, Kiwanuka suena a una oda casi profética —religiosa—, que hay que escuchar sin interrupciones, con audífonos en un sitio tranquilo, quizás oscuro. Tal vez por eso, porque es un disco que requiere contemplación, destinado a ser escuchado en una sola sesión prolongada, es que el disco ha pasado de largo. Irónico porqué este álbum está pensado como una resistencia al tiempo sin bordes que se nos resbala en la inmediatez.

Michael Kiwanuka ha firmado una obra que, probablemente, sufrirá el desprecio del tiempo antes de ser revalidada como uno de los mejores álbumes de este siglo. Así pasa muchas veces con las obras clásicas.  Las joyas existen para ser encontradas.

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