En La Familia Perfecta, las emociones no solo se cuentan, se escuchan. La nueva película de Pablo Antuñano late como un álbum conceptual sobre la salud mental, donde cada integrante de una familia interpreta su propio tema de ansiedad, silencio o dolor contenido. Lejos de los acordes fáciles, la cinta construye una sinfonía de tensiones íntimas que dialogan con una banda sonora original creada especialmente para cada trastorno. Desde esta partitura cinematográfica, Antuñano nos habla de hiperrealismo, de soledades modernas y de un cine que busca resonar más allá de la pantalla.
Revista Kuadro: La Familia Perfecta es una película que se arriesga desde su origen como producción independiente y toca temas emocionales muy delicados. Tus trabajos anteriores también abordan conflictos psicológicos. ¿Por qué decides centrarte en estos temas y cuál es tu historia como director?
Pablo:
Muchas gracias por el espacio. Estamos cumpliendo diez años de trabajo con Constancia Producciones. Hacemos cine, teatro, música y animación. Yo soy sociólogo de profesión y me he dedicado a escribir: ensayos, guiones, cuentos. Hace una década descubrí las herramientas audiovisuales como una forma más potente de transmitir ideas.
El motor central de mi obra tiene que ver con la violencia, pero entendida como un fenómeno estructural que muchas veces nace de trastornos emocionales. Con el tiempo fui abordando temas como el abandono de adultos mayores, crímenes de odio y otros fenómenos sociales. Así fuimos desarrollando una metodología para hablar de estos temas desde el cine.

Revista Kuadro: ¿Cuál fue la primera chispa que dio origen a la historia de La Familia Perfecta?
Pablo:
La pandemia fue clave. Durante el confinamiento hicimos un cortometraje a distancia que ganó en Berlín. Ahí comenzó a gestarse la idea de hablar de trastornos emocionales. Las cifras de depresión y ansiedad se dispararon de forma alarmante, y al mismo tiempo yo veía a familiares y amigos atravesando situaciones muy difíciles.
Decidimos trabajar de la mano de la UNAM, con la Escuela Nacional de Trabajo Social. Hicimos foros con psiquiatras y terapeutas, además de trabajo de campo con pacientes. Así fue madurando la historia hasta construir un personaje colectivo: la familia. A cada integrante le asignamos un trastorno distinto. Fue una propuesta arriesgada, tanto que al inicio quedamos fuera de varios festivales en México. Después vinieron los reconocimientos internacionales y hoy la película está en salas comerciales.
Revista Kuadro: Tus personajes cargan conflictos internos muy fuertes. ¿Cómo trabajaste con los actores para lograr interpretaciones auténticas?
Pablo:
Hicimos una preproducción muy profunda. Todos los actores vienen del teatro y tienen gran formación. A cada uno se le construyó una biografía y una psicología de personaje. Ensayamos mucho antes de rodar y trabajamos con la técnica de “configuración”, que aprendí con Luis Mandoki. Además, toda la investigación con especialistas nos ayudó a que los síntomas se representaran de forma realista.
Revista Kuadro: La película retrata silencios dentro de la familia después de la pandemia. ¿Por qué era importante mostrar eso?
Pablo:
Porque estos padecimientos son invisibles. Muchas veces los normalizamos o los escondemos. Después de la crisis sanitaria se priorizó la recuperación económica y la salud emocional quedó relegada. Quisimos sacar esos temas de debajo de la alfombra y llevarlos a la reflexión, para que el espectador se identifique y considere atender su salud mental.
Revista Kuadro: Hay una tensión constante en la película. ¿Eso fue parte del estilo visual desde el inicio?
Pablo:
Sí. Cada trastorno tiene un lenguaje visual distinto: cámara en mano, paletas de color, estilos musicales. Por ejemplo, el estrés financiero tiene movimientos de cámara inestables, tonos amarillos y música que genera tensión. Cada padecimiento tiene su propia “partitura” audiovisual.
Revista Kuadro: La música juega un papel importante. ¿Cómo construiste el soundtrack?
Pablo:
Toda la música es original. Primero hicimos el guion y luego compusimos el disco Ausencia, que está en plataformas. Cada canción corresponde a un trastorno específico. Yo escribo las letras y hago maquetas, y el maestro Arturo Waldo se encarga de la dirección musical. Solo hay una pieza clásica de libre uso que hemos utilizado como guiño en varias películas.
Revista Kuadro: ¿Qué esperas del público mexicano en esta etapa de exhibición comercial?
Pablo:
Es la primera vez que salimos a taquilla general, no solo a salas de arte. Competimos con grandes producciones y sin grandes presupuestos de publicidad, pero queremos abrir camino a una metodología distinta: un cine de hiperrealismo, de shock y concientización. Aspiramos a formar nuevos públicos interesados en este tipo de narrativas.
Revista Kuadro: ¿Qué opinas sobre el poco apoyo gubernamental al cine y la cultura en México?
Pablo:
El cine, en la mayoría del mundo, es una industria privada. Más que financiar producciones, creo que el gobierno debería invertir en formación: escuelas de cine, especialización técnica, postproducción. Tenemos talento, pero aún hay rezagos tecnológicos importantes. Fortalecer la educación artística sería una base mucho más sólida para el futuro de la industria.
Revista Kuadro: Si tu película pudiera dejar una última resonancia en el espectador, ¿cuál sería?
Pablo:
Una reflexión sobre la soledad. Vivimos hiperconectados, pero cada vez más solos. Muchos trastornos nacen en corazones que no fueron suficientemente acompañados en la infancia. Por eso ahora también queremos trabajar con proyectos enfocados en infancias. Si la película logra que alguien se reconozca, reflexione y busque ayuda, habrá cumplido su propósito.
Revista Kuadro: Pablo, muchas gracias por compartirnos tu visión.
Pablo:
Gracias a ustedes por el espacio y el interés. Ojalá sigamos conversando pronto




