Nadie está hablando de lo caro que es ir a conciertos

Durante años, ir a conciertos fue una de esas experiencias que parecían estar al alcance de cualquiera. No importaba si eras estudiante, trabajabas medio tiempo o estabas sobreviviendo la quincena: de alguna forma encontrabas la manera de entrar a ese show que querías ver.

Hoy la historia es distinta.

Comprar un boleto se ha convertido en una operación financiera. Primero aparece el precio anunciado. Luego vienen los cargos por servicio, impuestos, comisiones, seguros opcionales y cualquier otro concepto que aparece mágicamente antes de llegar al botón de pago. Lo que parecía costar 600 pesos termina acercándose peligrosamente al doble. Y eso sin contar transporte, comida o una cerveza adentro del venue.

Lo curioso es que pocas veces hablamos de esto de forma seria.

La conversación suele quedarse en la indignación momentánea cuando se anuncian precios de festivales o giras internacionales. Después seguimos adelante como si nada hubiera pasado. Como si fuera normal que asistir a un concierto se esté convirtiendo en un lujo.

Y no, no es solo culpa de una empresa, una boletera o un artista.

La industria de la música en vivo se volvió mucho más costosa después de la pandemia. Los gastos de producción, transporte, personal técnico, renta de equipos, logística y operación crecieron de manera importante. Al mismo tiempo, aparecieron sistemas de precios dinámicos que modifican el costo de los boletos según la demanda, haciendo que el mismo asiento pueda costar cantidades muy distintas en cuestión de minutos.

Desde la lógica del negocio, tiene sentido.

Desde la lógica del público, no tanto.

Porque mientras la industria celebra récords de ingresos, una parte de la audiencia simplemente se está quedando fuera. No porque haya perdido interés en la música, sino porque tiene que elegir entre pagar la renta, llenar el tanque o ver a su banda favorita.

El problema tampoco afecta igual a todos.

Los artistas gigantes seguirán llenando estadios. Los festivales más grandes seguirán vendiendo experiencias premium. Quienes suelen quedar atrapados en medio son los proyectos emergentes, los foros independientes y el público que antes podía darse el lujo de descubrir bandas nuevas sin pensarlo demasiado.

Y ahí aparece una pregunta incómoda.

¿Qué pasa cuando la música en vivo deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en un producto aspiracional?

Porque una escena cultural no se construye únicamente con artistas. También necesita audiencia. Necesita jóvenes que puedan ir a tres conciertos al mes, equivocarse, descubrir sonidos nuevos y formar parte de algo. Si cada salida implica un gasto cada vez más difícil de justificar, esa experiencia colectiva empieza a erosionarse.

Lo más preocupante es que nos estamos acostumbrando.

Nos acostumbramos a los cargos sorpresa. A las preventas exclusivas. A competir contra algoritmos, bots y sistemas de reventa. Nos acostumbramos a pensar que pagar una fortuna por una noche es simplemente «cómo funcionan las cosas ahora».

Pero quizá sí deberíamos hablar más de ello.

No porque la música en vivo no tenga valor. Lo tiene. Y mucho.

Sino porque una cultura musical sana debería aspirar a ser accesible. De otra forma, corremos el riesgo de que los conciertos sigan llenándose, pero la escena se vuelva cada vez más pequeña.

Y una escena que deja de ser accesible, tarde o temprano, deja de ser escena para convertirse en privilegio.

Somos una revista especializada en música con 15 años de trayectoria.

Música sin algoritmo

contacto@revistakuadro.com
prensa@revistakuadro.com
Zeen Subscribe
A customizable subscription slide-in box to promote your newsletter
[mc4wp_form id="314"]