Una Bestia, 45 canciones y 60 mil corazones rotos: José Madero cerró bocas

Dicen que los emos no se extinguieron, solo evolucionaron. Hoy ya no traemos el fleco en la cara ni los pantalones entubados porque de lunes a viernes hay que cumplir en la oficina, pero el sábado pasado, en el Estadio GNP, quedó claro que un emo no se crea ni se destruye, solo se transforma en un adulto funcional con deudas, pero con el mismo desmadre emocional de siempre. Y José Madero fue el encargado de guiarnos en esta terapia masiva de tres horas y media.

Hay que decirlo al chile: Pepe se ha rifado el camino difícil. Lo hemos visto llenar el Metropólitan, el Auditorio, el Pepsi, la Arena CDMX y ahora, sin atajos, se plantó ante el monstruo del Estadio GNP. Y no llegó con las manos vacías. Llegó con 45 canciones. Sí, leyeron bien. Cuarenta y cinco dolorosas y llegadoras canciones.

Madero siempre ha dicho que dar conciertos de una hora u hora y media es un robo a mano armada, y vaya que predicó con el ejemplo. El tour se llama «Érase una Bestia», y fue literal: fue una bestialidad lo que nos metió por los oídos.

El show arrancó con «Campeones», «Mentón Abajo» y «Baila Conmigo». Al principio, la neta, se le notaba nervioso. Se quedaba muy atrás, como si el escenario le pesara, casi escondido en su propia sombra y con esa pantalla gigante a sus espaldas. Pero conforme la noche avanzaba, se le quitó lo tieso. Empezó a caminar, a bailar con ese estilo raro que tiene y a platicar con la banda.

No esperaban fuego artificial cada tres segundos ni drones volando. Aquí no hubo parafernalia innecesaria, hubo canciones. Fue una terapia intensiva para gritarle al aire y desahogar ese nudo en la garganta que traemos atorado desde la prepa.

«¡No mames, 10 años para oír esto!» El reloj marcaba las 12 de la noche. El Metro ya estaba cerrando sus puertas y, ¿saben qué? Nos valió madre. A nadie le importaba cómo regresar a casa porque nadie se movía de su lugar. Y menos cuando sonaron los acordes prohibidos.

Pepe soltó «Narcisista por Excelencia» y sin duda fue un viaje en el tiempo. Ahí estábamos, gritando «Cuando no es como debería ser» y dejándonos la poca voz que nos quedaba con «Nuestra Aflicción». Esa madre no se canta, se grita con las entrañas. Fue el momento cumbre donde el «Godínez» se quitó la corbata y dejó salir al adolescente dolido que lleva dentro.

Entre tanta rola propia, hubo espacio para recordar sus raíces. Se aventó un set acústico donde nos regaló «Every Rose Has Its Thorn» de Poison y «Heartbreak Station» de Cinderella. Un guiño a los culpables de que él agarrara una guitarra.

Se pueden decir muchas cosas de José Madero: que es un mamón, que es un creído, que le rompe el corazón a los aferrados que sueñan con el regreso de PXNDX. Pero hay algo que no se le puede negar ni reprochar: nadie respeta tanto el dinero y el tiempo de sus fans como él.

Si hiciéramos un Top 3 de artistas que se dejan la vida (y el tiempo) en el escenario, la lista sería: The Cure, El Tri y José Madero. Así de simple.

Al final, salimos sin voz, con los pies deshechos, pero con el corazón remendado. José Madero sigue callando bocas, sin etiquetas, solo siendo un artista que entiende que, si vas a cobrar un boleto, tienes que dejar el alma ahí arriba.

Al chile, gracias Pepe. Nos vemos en la próxima terapia.

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