Fotos: Fb e IG pulsognp
O, como sobrevivir al frío, un cartel «meh» y rendirse ante Caifanes, Fobia y Robbie Williams.
Hay viajes que se planean con meses de anticipación y hay otros que simplemente se ejecutan porque la carretera llama y la música urge.
Faltaba un buen escape de fin de semana del pinche frío y las lluvias, y así arrancó esta aventura rumbo al Pulso GNP 2026, compartiendo volante, silencios cómodos y playlist eterna con mi compa Paul.
Emoción, no mucha. A diferencia de otros años, el cartel de esta edición, siendo honestos, no era tan impresionante. Un poco lo «de siempre», uno que otro «veremos», y, eso sí, un gran showman con un biopic estrenado en el cine recientemente. La reacción general había sido un tibio «está medio meh». Faltaba esa chispa de sorpresa, esa revelación generacional; o al menos ese «payaso de rodeo», ese «siento que merezco más», un Memo Rex o un Mr. Brightside.
Pero la música en vivo tiene una extraña y hermosa maña: se ríe de las expectativas de papel.

La trinchera y el milagro ska
Las condiciones del cielo tampoco alentaban la aventura: un día gris, de esos en los que el frío se te mete hasta los huesos y la lluvia amagaba con arruinarlo todo antes siquiera de pisar el festival. Entre casetas, café tibio y la neblina, llegamos con esa vibra cínica, escéptica, pero ni modo que dar la vuelta.
Entrar al festival con chamarras impermeables y cara de pocos amigos, parecía el preludio de un sábado «medio meh». Pero nada más llegar y que nos recibiera la Orqueska y su constelación de estrellas en el escenario, calienta la sangre a quien sea. Sí, grandes covers del género: «Pobre de ti», «Skapate», «Arréglame el alma», «El Esqueleto», «One Step Beyond» con Abulón, María Barracuda, Liber Terán… Y además reggae, y a «¿dónde van los muertos?», y simplemente impresionante. ¿Quién iba a decir que ponerlos tan temprano iba a ser tan buena idea?

El lodazal y el aire helado empezaron a importar poco.
Bruses intentó mantener el ánimo en alto y no se guardó nada. Con esa autenticidad que la caracteriza, alzó el micrófono por la comunidad, armó el slam entre la gente, celebró el orgullo y hasta se mofó de la sección VIP en un show sumamente divertido. Poco después, Kevin Kaarl regresó por la tarde para impregnarlo todo con su ya clásica dosis de melancolía acústica.
El primer gran cruce sonoro llegó con DLD y Malcriada, dos proyectos tan distantes pero de suma potencia en el escenario. Uno, con su rock ya clásico con rolas como «Dixie», «Todo cuenta», «Mi vida»; el otro, con Mathilde Sobrino al frente, impregnando el ambiente de un dark wave tan extraño como escandaloso.

Luego llegó el turno de Travis. La emblemática banda escocesa de indie rock y post-britpop, liderada por Fran Healy, demostró por qué lleva décadas conquistando escenarios internacionales con sus melodías nostálgicas y su cercanía inconfundible con el público. Y solo esta vez, en toda la tarde, la lluvia fría pareció convertirse en parte oficial del espectáculo mientras sonaba «Why Does It Always Rain on Me?».

Los pesos pesados de la nostalgia y el desfogue
Después de Travis, la multitud se dividió para ver al exvocalista de PXNDX; nosotros preferimos buscar un trago e intentar descifrar, entre la desgastada voz de José Madero, algún himno adolescente como «Los malaventurados no lloran» o «Narcisista por excelencia».
Hasta que llegó el momento de silenciar a las voces de siempre: «¿Otra vez?», «Ya chole», «Sólo les falta Caifanes On Ice«. De pronto, alguien gritó «¡Pongan Caifanes!» y la certeza cayó de golpe: la banda conserva intacto su peso mítico. A veces sólo queda confiar. ¿En qué? En los dioses ocultos. En la capacidad de Saúl Hernández y compañía para convocar a los espíritus bajo un cielo nublado en un ritual casi religioso; una comunión donde, sin importar cuántas veces los hayas visto en vivo, siempre logran darte una vuelta por el cielo «para ver lo que es eterno»

Cuando llegó el turno de Fobia, la explanada ya era un hervidero de almas enfundadas en impermeables, saltando para espantar el frío. Escuchar los clásicos con esa maestría escénica intacta te recuerda por qué la banda sonora de nuestra adolescencia sigue teniendo un blindaje antibalas contra el tiempo, contra el miedo.
No todos son tan malos
No todo está mal
No todos son villanos queriéndote matar
No todo está perdido, ni se va a acabar…
Para rematar la jornada, el contraste perfecto llegó con el carisma absoluto de Robbie Williams, demostrando que el pop de estadio bien ejecutado no conoce de prejuicios rockeros.
Con un show impecable, teatral y desbordante de energía, logró que hasta el más escéptico terminara cantando a todo pulmón,
I just wanna feel real love
Feel the home that I live in
‘Cause I got too much life running through my veins
Going to waste




