Bahidorá 2026 o cómo sobrevivir a una edición sin celular

fotos por Rodrigo Guerrero

El robo ocurrió la primera noche. No hubo empujones, ni persecución, ni sospechoso identificable. Solo un cierre abierto al salir de El Cubo y esa certeza inmediata: el celular ya no estaba.

En los festivales, y sobre todo en Bahidorá, el teléfono no es accesorio. Es libreta, es mapa, es los horarios de las bandas, es contacto con el exterior de Las Estacas. Es registro, es cámara, es máquina de souvenirs. Y si vas de prensa, que te lo roben no es solo un incidente logístico: altera la experiencia completa. La edición 2026 quedó marcada desde ese momento… y esta es la crónica de ese festival (sin celular).

Día uno: LA PÉRDIDA

La mañana había sido perfecta. Azul casi morado. Casi nada de tráfico en la carretera por la contigencia ambiental. Cecina de Yecapixtla a diez minutos de Las Estacas. Hidratación disciplinada, llegada con horas de anticipación. El plan era claro: «estar en esta edición» más consciente, menos junkie, más presente. Y, de paso, hacer una cobertura impecable. Primera amistad, Kenia Pink, dj de Yautepec, con la que hago equipo para armar las tiendas. Entrevista con Playa Playa a minutos antes de su primera presentación ¡de la historia! Y, todo eso, antes de las seis.

La noche apenas comenzaba cuando, saliendo de la presentación de Xiaolin en El Cubo, noté la mochila abierta, el cierre vencido. Ese segundo en el que el cuerpo ya sabe lo que la mente todavía no acepta. Revisé como si el teléfono pudiera reaparecer por voluntad propia. En seguridad, la respuesta fue protocolaria: no se puede hacer nada. Tercer celular robado en tres festivales distintos. Durante Lana del Rey, en un Corona Capital. Durante Morrissey, en un Vive Latino. Y ahora, aquí. Podría ser estadística. Podría ser distracción. Podría ser que los festivales también tienen su lado menos luminoso.

Xiaolin en El Cubo

Pero, más allá de la ironía, lo urgente era lo otro: ¿Cómo le aviso a mi pareja que estoy bien? ¿Cómo le explico a mi editora que estoy aquí, pero no del todo? De milagro aparece mi amigo M. con quien llegué, y le pido que avise a mis reales sobre la situación. Sin teléfono, la cobertura cambió de inmediato. No hubo historias en vivo ni registro fotográfico propio. La comunicación con la redacción, a partir de ese momento, dependía de terceros. De alguna forma extraña y paradógica, era Libre, pero todavía no lo sabía.

Después de un rato de Shanti Celeste, me fui al camping. Hubo un momento en que pensé en renunciar. Pero entre los beats a lo lejos, recuerdo el consejo de mi amigo M.: «no perderse a Satoshi Tomiie ni a Wata Igarashi«. Mientras mi cabeza seguía rumiando, los beats de Tomiie, y después de Igarashi, le devolvían a mi cuerpo otra cosa.

Día dos: el tránsito

8 a.m. Frío. Pájaros. Pensamientos intrusivos repitiendo la escena como si rebobinarla fuera a cambiar el desenlace. Tenía que soportar mi propia narrativa interna: “qué pendejo”, “cómo no te diste cuenta”, “otra vez tú”. «Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa». Tan temprano y ya hay fila en las regaderas. Decido no esperar. Camino hasta Isla B, el espacio de talleres y activaciones que abre desde temprano, y me sumo al breathwork de Lina Cano. No la conozco, no me conoce, pero ella, con sus invocaciones y ejercicios me hacen soltar esa pena que traigo. Y por primera vez desde la noche anterior, me abrazo, me perdono, y decido volver a intentarlo.

(Aquí los horarios de las actividades del sábado de Isla B)

Salgo distinto. No es iluminación, pero tal vez sea ligereza. La pérdida empieza a perder volumen. En zona de prensa, el agua y la fruta hacen su parte. Y afuerita de esta zona, otro milagro: me encuentro a una amiga que me presenta a «sus padres adoptivos»: una pareja de festivaleros que la invitaron a dormir en su camping y que, ahora, me invitan al río, como si me conocieran de años. Esta «nueva tribu» me acompaña a ver a Los Pirañas: esa necedad mía (ahora soy yo el que insiste: “vean a Los Pirañas”). Un poco de psicodelia tropical y groove sudoroso.

Hay algo en esa comunidad efímera que relativiza cualquier objeto perdido. Al poco tiempo, otra vez soy yo y me muevo entre grupos y personas, entre escenarios y artistas. Primero, Ela Minus sostiene el carnaval con precisión minimalista en un set electrónico pero íntimo. Luego, Four Tet presenta una propuesta hipnótica sin comparación que incluye un remix de «Berghain», de Rosalía. VTSS casi nos convence con su acid techno de perdernos a Marea Stamper, alias, The Blessed Madonna, que más que un show, hace un performance enérgico.

Four Tet en Sonorama

El cierre con Ricardo Villalobos estira el tiempo hasta volverlo elástico. Su minimalismo incómodo, por momentos desconcertante, obliga a una escucha atenta y me remonta a una conversación por whatsapp en la que un compa, experto en electrónica, me comenta:

No lo entenderías. Es cine.

«Mi putísimo padre»: Ricardo Villalobos.

Y en algún punto de la madrugada, me doy cuenta: llevo horas sin pensar en el celular.

DÍA 3: La liberación

Bahidorá repite su ciclo. Talleres en Isla B. Más río. Alberca y sol. Ya no hay relato de robo. Ya no hay anécdota que explicar. Mi amigo y mi nueva tribu por fin coinciden, aunque al poco tiempo nos separamos sin drama (gracias, gracias por el cariño). Las cosas fluyen como deben fluir en un domingo de Bahidorá.

Solo música, gente, Mad Professor y Sister Nancy; dub y dancehall con historia viva, no como guiño nostálgico, sino como continuidad cultural.

En mi final solo queda Desiree. Llego hasta adelante con mi amigo M, me encuentro con Kenia Pink: todo está listo para el cierre que, con Desiree ocurre, sin pantalla de por medio. Sin notificaciones. Sin urgencia de registrar nada. Quizá eso era lo que necesitaba.

No había historia que subir, no había prueba inmediata.
Menos documentación en vivo, más atención directa.
Todo se quedó en la memoria…

Termina el set. Las piernas ya pesan. Hay quien compite por ver quién aguanta más. Hay personalidades «alfas» que no se rinden, que se tienen prohibido doblar las piernas. Esta vez, elijo la ternura y el autocuidado. Y le digo a mi amigo «Yo me voy para atrás, ¿vienes o te quedas?»

Me quedo.

Nos despedimos. Mañana nos encontraremos para regresar juntos. Él se entrega al fin del ritual, hasta el centro del escenario, con RY X y el B2b de Daphni y Four Tet. Yo busco un hueco entre los cuerpos alrededor de la fogata, para dejarme caer en la música, cerca del fuego.

Epílogo (O lo que sí importa)

El incidente que inauguró la edición, terminó siendo un recordatorio involuntario. La música no necesita archivo para existir. Perder el celular fue un desastre logístico, sí. Un coraje. Un déjà vu. Pero, al final, como la vida, el festival seguía ocurriendo aunque yo no pudiera grabarlo.

Regresé sin teléfono. La cobertura, sin embargo, quedó hecha.

Mi nueva tribu

Gracias a los que me apoyaron. A los que prestaron teléfono. A los que me abrazaron, y me adoptaron. A los colegas de prensa que respondieron y hasta me invitaron una (u otra) chela.

El que escribe llegó sano y salvo. Y, sorprendentemente, completo.

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